La única opinión valiosa para la adolescente era la de sus amigos, y cuando Claudia preguntaba, «chicas, ¿adónde van?», la respuesta era una réplica de la anterior, con más o menos carga de hartazgo: «no sé, mamá». Es que el mundo de esta adolescente pasaba por el club, la organización de la fiesta de egresados y el viaje de fin de curso. No era raro que Claudia se enterara de los temas de su hija por algún comentario al pasar de otra madre del colegio: «¿Así que Ceci se peleó con el novio?». Es posible que ella la hubiera notado mal, incluso que hubiese intentado conversar con su hija antes del mute inalterable de su hija y la misma muletilla de siempre: «no me pasa nada, mamá».

Pero de un tiempo a esta parte, casi de manera imperceptible para ambas, el vínculo se suavizó y empezaron a aparecer pequeños resquicios (burbujas de aire) a través de los cuales la relación comenzó a cambiar.

Cecilia empezó a acercarse, a preguntar, a querer hablar de lo que le pasaba. El momento más álgido de la adolescencia (alrededor de los 15) había terminado: la virulencia y ausencia de diálogo dio lugar a espacios de conversación. Lo mismo experimentó con el resto de sus hijas mujeres, de 23 y 25, con la finalización de la etapa escolar y el ingreso a la universidad.

Y la experiencia de esta mamá es compartida. Parece que cuando el torbellino de diferenciación adolescente pasa reaparecen las complicidades. Claro que no son procesos lineales e iguales para todos, no suelen estar exentos de «confrontación y desborde». Como apunta la psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina, Patricia Alkolombre: «Son cambios que no están sujetos a una edad determinada sino más bien a un proceso de crecimiento de las dos (madre e hija) en la relación. Pero después de la pubertad y la adolescencia, que transcurren cerca de los amigos y de las primeras parejas, el vínculo suele dar paso a una relación diferente en la que el temor por parte de las hijas a ser controladas o desplazadas pierde peso junto con el encono y la rebeldía».

MUJERCITAS 3.0. Valentina (20) siempre tuvo un carácter volcánico. Desde chica, los desplantes y peleas con su mamá eran tan explosivos como ciclotímicos. Pasaba de ataques de bronca a demostraciones de cariño efusivas y amorosas. Del te odio al te amo. Todo muy intenso. Pero últimamente –terapia de por medio– Paula (la mamá) dio cuenta de que con su hija «estaban en otro momento»: intercambian permanentemente mensajes de WhatsApp con fotos, emoticones a puro corazón, sugerencias o consultas urgentes.

Esta semana, por ejemplo, compartieron la aparición de su ex. «Mamaaaaaá… ¡me habló Pablo!», escribió Valentina y Paula la contuvo con ternura maternal: «El que te hizo sufrir que aprenda a tratarte bien, like a princess». En el historial del teléfono hay otros mensajes, como éste que le mandó una tarde, de la nada, y Paula atesora como una muestra más de esta nueva afinidad que la pone feliz: «Mamá, te amo: gracias por todo lo que hacés por mí y perdón por contestarte mal a veces».

¿Pero cómo entender este cambio en el vínculo?, ¿estos giros inesperados entre madres e hijas? ¿Qué pasó?, ¿se terminó la adolescencia? Quizás para poco alivio de todas la respuesta es que no. Esa etapa de particular virulencia afectiva se extiende, puntualizan los especialistas, hasta alrededor los 25 y 30 años, tiempo en el que el chico empatiza y comprende a los padres desde su posición de adulto joven (y que se cristaliza en frases como «mi mamá hizo lo que pudo»). Entre los 18 y los 20, generalmente con la salida del secundario, empiezan a parecer los primeros signos reconciliadores. Y aun en los casos en los que no hubo una adolescencia complicada (que suele estar en sintonía con una infancia problemática) la transformación es notable.

A diferencia de Valentina y Paula, Brunella (18) y Daniela siempre fueron «amigotas». Pero desde que empezó la facultad la relación se afianzó, disfrutan de ir a merendar o de ir juntas a comprar ropa. «Si bien nunca fue una chica rebelde, antes era más cerrada y hermética en relación a las cosas que le pasaban, no confiaba en mí tanto como ahora». El sábado pasado Brunella tuvo una fiesta y no sólo le pidió a su mamá que la peinara (por lo que Daniela, entusiasmada, empezó a buscar tutoriales en Internet para complacerla) sino que quiso ponerse el vestido que Daniela tenía guardado para ella hace años: el que había usado para el casamiento de su hermana cuando era una veinteañera.

Otra escena cercana de esta nueva etapa madre-hija en la que no faltan los ribetes de admiración: Brunella le mandó la foto de una bandeja con la merienda que le preparó al novio como regalo de cumple mes. Pero no confundamos los tantos: «No somos amigas sino que hay una relación de complicidad en las trivialidades de la vida cotidiana». Daniela no le cuenta sus bajones o devaneos y el límite se lo pone igual, aunque Bruni se enoje «mal». Lo bien que hace, aplaudirían los psicólogos. Lo explica la psicoanalista y fundadora de la escuela para padres, Eva Rotenberg: «Si el adulto se comporta como un par, el chico no tiene la oposición necesaria y le cuesta más salir de la etapa crítica en la que se produce el pasaje al mundo externo». De hecho, analiza, en ciertos casos en los que existe rivalidad o competencia el acercamiento recién se da (cuando se da) con la llegada del primer hijo.

SABER ESPERAR. María José también está transitando el idilio con sus hijas (de 18, 20 y 24 años), que hacen planes con ella y los disfrutan casi tanto como los programas con sus amigas. Ir a almorzar, al cine, al teatro, a alguna exposición es parte de la nueva dinámica. «El monitoreo para saber dónde están no termina nunca, pero ya hay una cierta independencia. Te miran desde otro lugar y vos entendés que ya no son bebés y que te van a pedir las cosas que necesitan. También ellas ponen el ‘hasta acá llegás’, porque así como una no está dispuesta a ceder en todo, ellas tampoco».

Para entender este retorno afectivo hay que comprender la vivencia adolescente, esa etapa de «psicosis normal» (como la llaman los psicoanalistas) en la que se reedita con más palabras la conflictividad edípica que va de los 3 hasta los 5 años y «todo puede pasar». Como explica la especialista Silvia Muñiz, los chicos necesitan diferenciarse de sus padres para construir su identidad. «El adolescente o adulto joven se amiga y deja de agredir a los padres una vez que confirma que no es como ellos y siente seguridad casi plena sobre su independencia». Lo importante, destaca Muñiz, es la paciencia: es clave para el tránsito saludable de esta etapa que los chicos tengan la certeza de que más allá de las discusiones, portazos y enfrentamientos, los padres los aceptan y esperan. Y van a estar ahí, a pesar de todo, «bancando la parada». Incondicionalmente.

 

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