A medida que el COVID-19 se expande por el mundo y ya supera los 168 mil contagiados con presencia en 157 países y territorios, la cantidad de personas que se quejan en las redes sociales por tener que permanecer en sus casas durante un prolongado periodo de tiempo aumenta.

Podría pensarse que, para muchos padres a los que las largas horas fuera de casa por motivos laborales privan de un mayor tiempo compartido con los hijos recibirían esto como una bendición, una oportunidad para reafirmar los lazos, las relaciones que en el día a día no se pueden llegar a profundizar.

Sin embargo, en Italia por ejemplo, donde las familias llevan ya varios días confinadas, son abundantes los comentarios del tipo: “Si esto se extiende no sé qué haremos con los chicos”; “por suerte están la televisión y los videojuegos”; “los almuerzos y las cenas se hacen eternas”.

Georgina Cattullo vive en Hurlingham y es madre de tres hijos: Gianluca, adolescente de 18 años, Giuliana, de 11, y Vito, de 3, que todavía va al jardín. Al lado vive su papá, de 83, adulto mayor y, por tanto, dentro del grupo de riesgo. Cuando corrió la voz de que podía anunciarse una “cuarentena obligatoria”, Georgina tuvo el pico más alto de preocupación: no tanto por la posibilidad de que alguno se enfermara sino ante la incógnita de cómo iban a sobrevivir, como familia numerosa, encerrados 24 horas, los 7 días de la semana, juntos y a metro y medio de distancia.

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